Mamá dulce, Bebés dulces

Mamá dulce, Bebés dulces

Este es relato de la historia de una madre diabética que quería dar a luz en su casa, que quería sentir lo que es parir de verdad, como se ha hecho toda la vida, con el cuerpo, el alma, el corazón y las entrañas, al servicio del acto más maravilloso de este mundo: DAR LA VIDA.

Todo comenzó gracias a mi primer embarazo; en concreto, gracias a esa princesa de color rosa que vive con nosotros desde hace tres años y medio. Ya por entonces yo comenzaba a leer algunos libros que milagrosamente llegaban a mis manos y empezaba a plantearme que no me gustaba cómo se llevaban las cosas relacionadas con la maternidad, el embarazo y el parto en la actualidad. Me sentía infantilizada, asustada, enferma, mas diabética que nunca por el sistema sanitario tradicional. Pensaba que una mujer diabética no tenía ninguna otra opción que no fuera parir en un hospital, con un protocolo específico y a la merced del personal de turno.

Amenaza constante de: inducción al final del embarazo, cesárea, “el feto ya empieza a ser grande”, “tienes riesgo de parto prematuro, degeneración placentaria precoz, distocia de hombros, cardiopatías...” y un sinfín de lindezas más...

¿Y dónde queda que todo puede ir bien?, ¿y dónde queda mi angustia, mis miedos, mi impotencia, mi corazón partido en mil pedazos con nombres de posibles riesgos?, ¿y el daño que hace todo esto a mi bebé y a mí, no es incluso mayor que todo lo demás que puede o no pasar? Pero yo sentía que todo iba bien, mi niña me lo hacía saber a través de sus pataditas, me acariciaba desde lo más profundo de mis entrañas, “!todo va bien mamá, ¡hacemos un gran equipo!”

Yo hacía a la perfección mi labor, me mimaba, me cuidaba, me sentía muy bella, me acariciaba, hablaba con mi bebé de mí, de mis miedos y angustias, de mis alegrías y mis penas, le cantaba, bailábamos todos los días, escuchábamos Mozart y gregoriano (método Tomatis, ¡gracias Maricruz por tu gran apoyo!), nadábamos como locas, el agua, divina agua... qué acuosas estamos embarazadas si sabemos o podemos escucharnos... Y Aitana llegó, a su tiempo, con algo de prisas hospitalarias, pero a su tiempo.

A pesar de la constante amenaza de un posible final con cesárea si la dilatación no progresaba o no se completaba a las 12 horas (según sus malditos protocolos), a pesar de que los cuidados “especiales” por ser diabética brillaron por su ausencia, es más, me pasé el parto con hipoglucemia, seguidas de hiperglucemias debido a que no me permitían ni comer, ni beber, ni ponerme mi dosis de insulina (eso sí, por si acaso, llena de vías en mis dos brazos); fue un absoluto descontrol en ese sentido, por eso me pregunto, ¿por qué una mamá diabética no puede parir en su casa, si el parto hospitalario y medicalizado no le ofrece absolutamente ninguna garantía de mayor éxito y menor riesgo?

Sería injusto no reconocer que el trato recibido por parte de las matronas, en concreto por la matrona en prácticas (de cuyo nombre siento no acordarme) y de la matrona que finalmente asistió mi parto (con tantas horas de dilatación, pasé por dos turnos diferentes) cuyo nombre era Amaya, fue respetuoso, comprensivo y muy dulce. Con ella pude variar mis posturas, incluso empujé de cuclillas en el inicio del expulsivo, era contraria a realizar episiotomía, no tenía prisa, no me metía prisa; incluso pidió a la enfermera de neonatología que por favor me dejaran coger un momento a mi hija, sólo un minuto, antes de separarla de mi lado ¡durante 12 horas! ¡Gracias Amaya!

Pero, volviendo a los hechos, no logro comprender por qué ante una pequeña y no masiva rotura de bolsa, ellos te enseñan que debes ir enseguida al hospital porque existe mayor riesgo de infección y te incluyen en una cuenta atrás donde dicen que el bebé si se queda sin líquido amniótico puede sufrir. ¡Te dan un tiempo limitado para parir! Pero, ¿dónde se ha visto eso?

Es como si nos dieran un tiempo límite parta hacer el amor y conseguir llegar al orgasmo; así no habría Dios que obtuviera placer con el sexo, ni con amor, ni sin él; y sin embargo, no se cortan a la hora de hacerte tactos vaginales, si es además rodeada de estudiantes, mejor, para que aprendan ellos y “no dilates tú”. Y de nuevo te invaden en lo más profundo de tu ser con la monitorización interna, a ti y a tu bebé, enseñándole desde antes de llegar a este hermoso mundo que la agresividad humana forma parte de él, clavando un pequeño electrodo en su bella, inocente e indefensa cabecita. ¿Y todo esto no puede afectar más que quedarte en tu casa esperando pacientemente a que tu cuerpo se abra como una flor en primavera, rodeada de aquellos a los que amas, de tus olores, de tu música, de tu entorno profundamente conocido y seguro?

No logro comprender nada. No logro entender el porqué de toda esta locura en la que estamos inmersos. No logro comprender cuál es objetivo de no dejar que el parto sea algo tan natural como comer, beber, defecar, hacer el amor...

No logro entender por qué se habla tan poco de esto en los medios de comunicación. Y por qué existen mil debates sobre la agresividad de los niños y adolescentes, y nadie se pregunta: ¿quizás no tiene esto relación con cómo se vive en este país el sexo, el embarazo, el parto, el postparto, y no sólo la crianza y la educación? ¿Por qué la mujer tiene que ocultar a veces incluso su condición de embarazada para que no la echen del trabajo? ¿Por qué mucha gente piensa que la embarazada que trabaja hasta el último momento es más mujer que la que no lo hace? ¿Acaso no es ya suficiente labor crear una nueva vida?

Y se la llevaron, ante mi creencia de que no había más alternativa por ser hija de diabética para evitar la posible “hipoglucemia del lactante”, durante la eternidad de 12 horas (que podían haber sido 24). Nos separaron en unos momentos irrecuperables en los que ambas nos preguntábamos “¿dónde está esa otra parte de mi ser que me ha acompañado durante estos maravillosos 9 meses?”.

Se la llevaron, y yo convencida de que no había otra alternativa, me quedé tranquila, descansando, ignorante...

Mi chico me contó que Aitana buscaba con sus labios a su mamá, su pezón, su calor, su alimento... pero no logró encontrar más que una fría tetina de biberón, en una fría incubadora, rodeada de un frío ambiente hospitalario al que no le importa romper el vínculo de la mamá con su bebé en un momento tan crucial, ¿por qué?, ¿para qué? Ya no necesitamos crear generaciones agresivas, con un precario concepto del amor, de la capacidad de amar, de amarse. Ya no necesitamos luchar para conseguir tierras, ni alimento, ni defendernos del ataque de los animales. La tendencia de separar por cualquier ínfimo motivo a la mamá de su bebé debe cambiar desde ya. Necesitamos traer a este loco y agresivo mundo más amor, infinito amor, y esto comienza desde el momento en el concebimos a nuestros hijos, pasando por las experiencias a lo largo de nuestro embarazo y por último, en el desarrollo del parto y el inmediato postparto.

Cuando nos separan de nuestros bebés, algo se muere por dentro a medida que pasan las horas: EL AMOR. Y luego la gente se pasa la vida preguntándose por qué los niños y los jóvenes son tan agresivos, tan irrespetuosos, ¿por qué están tan perdidos?: porque les falta tanto amor... Desde el momento en el que nacen y les separan de sus padres, desde que la sociedad nos hace trabajar a los 4 meses de dar a luz, desde que muchos pediatras aconsejan a las madres, como si no pasara nada, que les demos leche maternizada y dejemos la lactancia natural... Ni siquiera podemos compensar este mal comienzo a través de la crianza porque no tenemos tiempo para estar de verdad presentes y conscientes con nuestros hijos. La sociedad actual no lo permite, sigue una y otra vez fomentando la separación, la desvinculación con sus seres más amados; en fin, fomentando la agresividad, la ira, la rabia…

Le dieron biberones sin mi consentimiento. Por llegar 5 minutos tarde a una toma, ya no me permitieron darle el pecho... “La niña ya ha tomado biberón, has llegado tarde...” Cuando al fin conseguí llegar a tiempo a la siguiente toma, la enfermera de turno me dijo que ya estaba bien de teta, que ya era demasiado tiempo, y todo esto, para darle de nuevo otro biberón, que gracias a Dios, mi hija vomitó al instante... (¡más lista que el hambre!) Qué locura, qué rabia me da recordarlo....

Pero todo esto me hizo aprender, despertar, informarme.

Descubrí que el mejor modo de evitar la hipoglucemia del lactante es poner al bebé inmediatamente al pecho nada más nacer. Descubrí que nadie tiene por qué separarte de tu bebé salvo por motivos verdaderamente urgentes que puedan poner en peligro su vida, pero este motivo no lo era, sobre todo cuando la propia mamá es la mejor solución para el posible problema del bebé. Yo fui una diabética absolutamente consciente en todo mi embarazo, mis niveles de azúcar llegaron a ser como los de una persona no diabética, con lo que mi niña tenía muy pocas posibilidades de desarrollar problemas por este motivo, pero los protocolos, son los protocolos... y lo demás no cuenta.

Y por fin, 12 horas después la trajeron a mi lado y ya no nos separamos desde entonces. Había mucho tiempo perdido que recuperar, y así creo que lo hemos hecho.

Con AMOR a raudales, con AMOR por cada poro de nuestra piel, con mucha, mucha teta que borrará de su cuerpo todo rastro de otra leche que no fuera la de su mamá, y con todo el INFINITO AMOR de su padre, Aitana creció por dentro y por fuera. Pero aún me pregunto: ¿qué huella ha dejado en sus células todo aquello? ¿Habremos borrado todo lo malo de esos momentos? Deseo, espero que así sea. Con todo mi corazón.

Gracias a toda esta experiencia, decidí, de forma absolutamente contundente que mi próximo bebé nacería en casa, aunque tuviera que remover Roma con Santiago. Torres más altas han caído. Y cayeron.

La vida me brindó conocer a Emilio Santos Leal, gracias al inestimable consejo de las matronas de Génesis, a las que se lo agradezco profundamente. Curiosamente, ya había oído hablar algo sobre este obstetra, que poquito a poco se fue introduciendo en mi vida con sutileza, pero con una fuerza que me hizo reafirmarme aún más en mi decisión de parir en mi casa. Siguiendo el consejo de las matronas, solicité una consulta con Emilio… No sabíamos que íbamos a encontrarnos, pero las referencias eran estupendas, algo es algo… Y de pronto encontramos a este personaje serio y trajeado hablándonos de un modo como nadie lo había hecho hasta ese momento, con un respeto infinito hacia la mujer gestante, hacia su decisión de querer vivir su embarazo y parto como un proceso completamente natural y responsable. “Si tu confías en tu cuerpo y en tu capacidad para dar a luz con naturalidad, no hay más que decir”; “nadie conoce tu enfermedad ni puede controlarla como tú durante el embarazo y el parto, así que si es lo que realmente deseas, yo te acompañaré en este proceso.” El brillo de sus ojos, su humildad, su naturalidad, la ausencia de cualquier palabra que pudiera fomentar ese miedo que tanto nos meten en el cuerpo en todo este camino de la gestación los demás médicos, fue lo que nos hizo comprender que habíamos encontrado a la persona que estábamos buscando.

Y el 16 de diciembre de 2008 a las 12 de la noche, Marco comenzó a llamar a la puerta de mis entrañas y empezó una de las experiencias mas intensas de toda mi vida.

¿Cómo han conseguido que la mujer ni siquiera se plantee la posibilidad de parir fuera de un hospital?, ¿cómo hemos llegado a este extremo?, ¿cómo comprender que la gente que te rodea piense que estás loca o que eres una inconsciente por querer dar a luz en tu casa, en tu intimidad, rodeada de aquello que amas y conoces? “¡Qué moderna!“ me decían… “¡será que antigua!” contestaba yo.

“¡Estás loca!, con los adelantos que hay ahora, ¿cómo asumes tanto riesgo?” Pero qué riesgo ni riesgo… El riesgo esta ahí fuera, en los hospitales, rodeadas de un ambiente frío e impersonal donde los haya, donde te tratan como si fueras una niña y no una diosa creadora de vida que, aunque suene un poco cursi, es la realidad. Somos la Madre Tierra, no podemos olvidarnos de que tenemos el poder más maravilloso del universo, el de ¡DAR LA VIDA!

MUJERES DEL MUNDO, NO LO OLVIDÉIS. Y SI LO HABÉIS HECHO, ¡RECORDADLO!

Las contracciones comenzaron progresivamente, con calma, pero sin tregua, el trabajo había comenzado, Marco estaba dispuesto a nacer con una decisión espartana y yo sólo tenía que acompañarle sin dudas ni lamentaciones, aunque con muchos gritos, que siempre ayudan; pero sobre todo, sin miedo.

El dolor fue en aumento progresivamente hasta hacerse casi insoportable, y es en ese momento donde te das cuenta del verdadero poder del cuerpo, del verdadero potencial de nuestra víscera más profunda y femenina, el útero. Las oleadas uterinas son sólo comparables con los procesos más bestiales de la naturaleza; con las mareas, con los ciclones, con los movimientos de tierra, que acontecen sin posibilidad alguna de controlarse y ni mucho menos, dominarse.

De la mano del cóctel hormonal que rodea la experiencia, de la sabiduría de las manos de Gero, la matrona, y el apoyo incondicional de mi chico, Marco y Sonia nacieron de la mano de la fuerza de la vida, que se abre paso incontables veces pase lo que pase y pese a quien pese. Solita, sin grandes aspavientos, rodeada de un maravilloso silencio, respeto, admiración y amor.

Ya nos había dicho Emilio que los niños realmente nacen solos; ellos saben hacerlo, no necesitan intervención alguna de los adultos salvo para evitar que se golpeen contra el suelo si la postura de la madre lo requiere o si hay algún problema mayor; pero lo natural es que no necesiten de nadie para nacer y así fue. Lo pudimos comprobar en riguroso directo; sólo hicieron falta las manos de Gero para aflojar ligeramente una vuelta de cordón de su cuellecito e impedir en el último momento que Marco cayera al suelo por estar yo a cuatro patas, nada más. Todo lo demás se produjo de una forma tan natural, que parece mentira; sobre todo después de ver tanta parafernalia e intervencionismo en todos los partos que nos cuentan y vemos en los medios de comunicación.

Y después, silencio, luz tenue, el máximo respeto y amor vibra en el ambiente… Papá Jorge llora mientras susurra, “¡Marco, hijo, mi amor, ya estas aquí… que bien lo has hecho, te quiero hijo, te quiero…!” Sonia no puede parar de temblar, todavía hay restos de tensión de las oleadas en su cuerpo y tal vez, como dice Emilio, la sensación de frío que te envuelve después de parir está motivada por la sabia naturaleza para que inmediatamente des calorcito a tu bebé contra tu pecho, y le protejas de este nuevo ambiente que le rodea, sin duda, mucho mas frío que el de mis entrañas.

Marco gime a fragmentos, de vez en cuando llora, pero no porque nadie le obligue, sino porque es duro acostumbrarse a respirar sin ayuda de mamá. Se toma su tiempo y en pocos instantes, guiado por su naricita, encuentra su nuevo sustento nutricio y emocional: ¡la teta de mamá! ¡Hola mi niño! ¡Bienvenido!

Todos hablan bajito para no perturbar estos momentos ni hacer sufrir el oído de mi bebé. Nadie viene a sepárame de él ni por un instante. Todo puede esperar en este momento, ni diabetes, ni test de Apgar, ni peso, ni altura, ni baños, ni leches. La mamá y el bebé deben estar juntos de forma inseparable hasta que al menos la mamá tenga que ir al baño; y todos lo saben, no hace falta pedirlo, ni pelear con nadie.

Mi enfermedad no supuso ningún inconveniente para parir, mi chico controlaba mis niveles de azúcar cada dos horas, los alimentos necesarios estaban preparados por si hacía aparición alguna hipoglucemia y mi insulina por si lo hacían las hiperglucemias; pero ni uno ni otro fueron necesarios, mi cuerpo y mis sistemas funcionaron perfectamente, la diabetes no tenía lugar en esta historia de modo significativo, sólo había que estar alerta, nada más.

Gracias a todos los que estuvisteis y participasteis desde la más absoluta discreción en todo este acontecimiento: Jorge (mi vida), Emilio (obstetra), Gero (matrona de Génesis), Mónica (pediatra). Con vosotros descubrí tantas cosas… sobre todo, que existe gente que hace las cosas bien, como es debido. Gracias, gracias, mil gracias.

Durante el tiempo en el que escribía este relato de mi vida, exactamente en agosto, me enteré de que estaba embarazada por tercera vez. Esta vez, la decisión ya estaba tomada de antemano; ya no tendría que luchar, ni convencer a nadie, ya estaba todo hablado y me sentía una privilegiada porque sabía que de nuevo podría vivir la grandiosa experiencia de parir en casa. Curiosamente, la gente todavía me sigue preguntando si voy a parir del mismo modo, y yo les contesto risueña “¿para qué retroceder pariendo en un hospital si todo está bien?”, “pues hay que ser valiente”…y yo les digo… “más valiente hay que ser para dar a luz en un hospital”. Muchos de ellos no saben, o se olvidan, de que gracias a mis dos partos anteriores, he podido comparar las experiencias de parir en ambos lugares, e indudablemente, me quedo con el parto domiciliario, como ya se ha podido comprobar a lo largo de mi historia.

Esta vez decidimos no saber el sexo del bebé, así que, de este modo, la experiencia del parto se intensificaba con las sorpresa del no saber… y… el 12 de abril, tal como había

previsto, según sus cálculos, el gran Emilio Santos, nació el pequeño Noah, un hermoso pitufo de 4 kilogramos y 40 gramos, ni más ni menos, con unas glucemias perfectas y en perfecto estado. Y… por supuesto, en su hogar, rodeado de luz tenue y de las amorosas atenciones de sus padres, de su médico y de su pediatra, Mónica Delgado, la profesional más dulce y respetuosa con los niños que he conocido.

Y aquí termina mi experiencia. Espero, de todo corazón, no aburrir demasiado a aquellos que se atrevan a leerla; es más, pretendo con su lectura, aportar algo de luz y esperanza a todas aquellas futuras madres que se planteen dar a luz en su casa. Para todas aquellas mujeres a las que esta información les de una pequeña gota más de confianza:

  • En ninguno de mis partos ha sido necesario realizar episiotomía.
  • Sólo me dieron 2 puntos de sutura por un pequeño desgarro en el parto hospitalario, que no habrían sido necesarios, ya que en los dos partos en casa tuve el mismo desgarrito, no me dieron puntos de sutura y cicatrizó perfectamente en 3-4 días. Sólo debía evitar separar mucho mis piernas.
  • Con el control de las glucemias durante el parto y la ingesta de zumos cuando fue necesario, controlamos las bajadas y subidas de glucosa durante los mismos sin ningún problema.
  • Los niños no tuvieron ninguna “hipoglucemia del lactante” tras el parto.
  • Se engancharon al pecho de su mamá casi de inmediato (excepto Aitana y porque no la dejaron al apartarla de mi lado, dice su Papá que en la incubadora buscaba el pecho desesperadamente).

¿Son los bebés de diabéticas necesariamente más grandes? Aitana pesó al nacer 3 kilogramos y 200 gramos, Marco 3 kilogramos y 650 gramos y Noah, 4 kilogramos y 40 gramos. Conozco muchos bebés de madres “no diabéticas” que pesaron bastante más que los míos. Es gracioso, ¿verdad? Y te hacen pasar todo el embarazo obsesionada con el peso del bebé en cada ecografía, en cada revisión; la gran temida macrostomia siempre está presente… Está bien, yo no digo que esto no sea muy importante, lo único que reivindico es que cada mamá es distinta, que cada bebé es único y que simplemente deseo que todos los profesionales que acompañan a las embarazadas, sean o no diabéticas se paren, sólo un momento, a observar a esa persona llena de vida que tienen delante de sus ojos, de una forma individual, escuchándola con los oídos abiertos de par en par, para descubrir si es una mamá consciente de su estado y situación.

No somos clones, no debemos pagar justos por pecadores. Una embarazada diabética puede ser la mamá más entregada del mundo al cuidado de su embarazo y posibles complicaciones sin necesidad de vivir en una atmósfera de miedo durante todo su embarazo; miedo que no beneficia a nadie, ni a al binomio mamá-bebé, por supuesto, ni a su influencia sobre su enfermedad en su estado. El miedo es el peor enemigo del hombre, hace subir su nivel de adrenalina y cortisol en sangre y esto, a su vez, los niveles de glucosa en ésta, para afrontar esa situación que el cuerpo considera de amenaza. Así pues, los controles de la embarazada se perturban, no consigue controlar sus cifras, ni con la dieta estricta que cumple a rajatabla, ni con el ejercicio de cada día, y… ¿nadie se pregunta por qué? Sólo con tratarla con ternura, comprensión, advirtiéndole que, aunque es algo muy serio, no es incontrolable, que su calma y su confianza en sí misma pueden con todas la barreras, peligros o riesgos de la situación.

Yo no soy una mujer distinta a las demás, no conozco a ninguna madre realmente deseosa de dar la vida que no se comprometa con su labor. Sé de mujeres a las que se les han diagnosticado diabetes gestacional, que no han dejado de llorar desde que conocieron la noticia; el miedo, la culpabilidad les invade por que nadie les dice… “tranquilas, sólo con consciencia y amor se consigue cualquier cosa”.

El miedo paraliza, bloquea o dispara los sistemas de un modo incontrolado. Confía en ti y en la capacidad de tu naturaleza para hacer las cosas correctamente, simplemente sonríe y disfruta de tu embarazo. Si tú lloras, tu bebé llora; si tienes miedo, conocerá el miedo antes de lo necesario; si sufres por todo, comenzará esta vida con la pesada huella del sufrimiento sobre su ADN. Ríe, baila, canta, grita, llora si es necesario… pero para dar paso a la dicha una vez pasada la tormenta. Se está creando un ser dentro de ti, que percibe por cada poro de su recién estrenada piel todo lo que tú sientes… tú eres él y él eres tú.

Cuando decidí dar a luz en mi casa, las profesionales que llevan muchos años asistiendo partos a domicilio no habían conocido hasta entonces, pese a sus largos años de experiencia, a ninguna mujer embarazada con una enfermedad materna previa, que deseara parir en su casa; es más, si alguna de las que deseaba hacerlo en un principio así, se enteraba después de que padecía algún problema, como diabetes gestacional, siempre se echaba atrás. ¿Por qué? ¿Tan débil es la confianza de la mujer en sí misma y en su poder? Si convives conscientemente con tu enfermedad (en mi caso con la diabetes) tu embarazo y tu parto pueden ser tan normales como el de cualquier mujer sin problema alguno y, me reitero, sólo puedo hablar de mi experiencia, es la única que tengo, y de mi enfermedad. Respeto infinitamente la decisión personal y circunstancias de cada mamá, sólo escribo, como ya he dicho anteriormente, por si mi experiencia puede ayudar a alguna mujer en una situación parecida a la mía a confiar en sí misma y en su capacidad no sólo para dar la vida, sino para parir de un modo tan normal y natural como comer, dormir, respirar o hacer el amor. Porque me encantaría que toda mujer pudiera vivir la experiencia de parir sin miedo, con el cuerpo, el alma y el corazón. Porque si perdemos esto, perdemos muchas cosas de nosotras mismas y nuestra naturaleza de mamíferas llenas de un poder infinito. Porque ya hemos sufrido bastantes vejaciones a lo largo de la historia y nos han robado demasiadas cosas como para seguir permitiéndolo. Porque amo a la mujer y lo que representa. Porque me amo y deseo vivir plenamente y con consciencia.

GRACIAS A TODOS.

Comentarios (6)

  • Chiqui
    Chiqui 27 de Marzo del 2017

    Hola Sonia, gracias por compartir tu experiencia. Realmente hay tanto desconocimiento sobre el parto, la gente piensa que lo normal (como es parir en un hospital) es la única opción. Hay que decir que lo normal no tiene porque ser lo SANO, lo normal es porque es lo habitual. Un bebé necesita que su mamá esté empoderada y confíe en su cuerpo, el tiene la sabiduría para llevar el proceso a cabo. El nacimiento debería ser siempre respetuoso (es un derecho del niño). Si se supiera todo lo que está en juego para el desarrollo del bebé y el sufrimiento que se evitaría a la diada... todas optaríamos por un parto natural. Un beso muy dulce. Chiqui

    Responder

  • Sonia Urrea Moreno
    Sonia Urrea Moreno 04 de Abril del 2017

    ¡Gracias Chiqui! Tú sabes mucho de esto y tus palabras me llegan al corazón. Es nuestra labor como madres ayudar a nuestras hijas a cambiar las cosas, no más mirar atrás, solo adelante, para crear una consciencia nueva, sin lastres de nuestro pasado como mujeres, como tú bien dices... VOLVER A EMPODERARNOS. Otro beso más dulce para ti.

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  • Gloria
    Gloria 07 de Marzo del 2017

    Gracias por contarnos tu esperiencia tan maravillosa de hacernos ver que el embarazo y el parto es un proceso natural. Que una embarazada no es una enferma y que lo natural es bello y no genera miedos. ¿Que puede haber más maravillosa que generar vida? Sintamonos agradecidas por poder ser merecedoras de esta privilegio y de poder llevarlo con naturalidad y sin limitaciones. Solo puedo decir: ¡Gracias!

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  • Sonia Urrea Moreno
    Sonia Urrea Moreno 07 de Marzo del 2017

    Gracias por su comentario Gloria. Es maravilloso comprender la belleza del parto y su proceso.

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  • María Soterraña Ceballos
    María Soterraña Ceballos 01 de Agosto del 2016

    Tu relato es conmovedor. No resulta nada aburrido, al contrario, nos ayudas a reflexionar sobre la falta de naturalidad con la que se está llevando a cabo los partos en los hospitales, de cómo no nos transmiten la confianza que debemos tener en nuestro cuerpo para dar a luz con naturalidad, de la frialdad de las circunstancias en que se pare, etc...

    Efectivamente, como bien te dijo el doctor Santos Leal: "los niños realmente nacen solos, ellos saben hacerlo". Comparto al 100% que la mamá y el bebé deben estar juntos de forma inseparable desde el minuto uno del nacimiento.

    Sin lugar a dudas, contarnos tu experiencia va a hacer plantearse a futuras madres la opción de dar a luz en sus casas. En pocas líneas ayudas a quitar miedos y a adquirir confianza. Te agradezco que me haya permitido participar de tu experiencia para mí, aún sin ser madre, me parece absolutamente entrañable.

    Responder

  • Instituto Avanzado de Salud Holística
    Instituto Avanzado de Salud Holística 02 de Agosto del 2016

    Gracias por su comentario María Soterraña Ceballos.

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